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El origen

Existe discrepancia al momento de atribuir a alguien el origen de las terapias familiares. Por un lado, hay evidencias de que terapeutas vinculados al enfoque psicodinámico fueron los primeros en optar por incluir a la familia en el proceso terapéutico. Ochoa de Alda (1995) propone que terapeutas como Murray Bowen, con su teoría de los sistemas familiares, o Nathan Ackerman, con su hipótesis de simbiosis familiar, son quizás los primeros psicoterapeutas en invitar a toda la familia a participar de la terapia de uno de sus miembros. Por otro lado, las investigaciones acerca de la comunicación llevadas a cabo por el polifacético Gregory Bateson en Palo Alto, sumadas a la influencia que ejerció un terapeuta inclasificable, Milton H. Erickson, en dos jóvenes colaboradores de Bateson: Jay Haley y John Weakland, incentivó la creación del primer instituto de investigación psicoterapéutica propiamente sistémica y por lo tanto interaccional, al que paradójicamente bautizaron como Instituto de Investigaciones Mentales de Palo Alto, más conocido por sus siglas en inglés: MRI (Mental Research Institute). De esta segunda línea derivan las terapias sistémicas breves, de las que trata el presente libro.

 

El MRI

El MRI fue fundado por el psiquiatra Don Jackson, también colaborador de Bateson, el año 1959. Junto a él participaron los psicoterapeutas Haley y Weakland, trayendo consigo toda la influencia ericksoniana; posteriormente se unieron los psiquiatras Paul Watzlawick (quizás su miembro más popular) y Richard Fisch. Una de sus principales finalidades fue estudiar la influencia de la comunicación interpersonal en los procesos de cambio terapéutico, llegando a formular sus propias teorías, principios y técnicas, de gran influencia en la psicoterapia contemporánea.

Una de las características más importantes del MRI, que lo diferencia de la corriente más psicodinámica, consiste en su centramiento en las interacciones observadas entre los miembros de una familia, en las pautas o reglas que limitan su actuar dentro de ciertos parámetros y que estarían sosteniendo los problemas por los que estos concurren a terapia. Para ellos, las dificultades son inherentes a la vida humana, pero los problemas surgen cuando las personas persisten en utilizar soluciones que no han sido efectivas para resolverlas, formando verdaderos circuitos de retroalimentación o pautas que, por fortuna, podían romperse a partir de prescripciones cuidadosamente diseñadas para ese problema en particular, es decir, en forma “estratégica”. Dichas prescripciones posibilitaron que la terapia sistémica no fuese necesariamente familiar, en el sentido de contar con toda la familia en la sesión, algo que resultaba imposible en el contexto de Palo Alto, pues la mayoría de sus habitantes eran universitarios que vivían lejos de sus familias, generando intervenciones que perfectamente podían ser aplicadas en parejas e individuos, sin olvidar en ningún momento la influencia que la familia y otros sistemas relevantes ejercían en las personas que pedían ayuda.

Una segunda cualidad del MRI fue la búsqueda de formas eficientes de llevar a cabo el proceso terapéutico, de modo de abreviar las terapias hasta el mínimo, suprimiendo de ella aquellas intervenciones inefectivas o que no estaban vinculadas claramente a la resolución del problema del cliente. Incluso crearon el año 1968, dentro del mismo instituto, un Centro de Terapia Breve integrado por Weakland, Fisch, Watzlawick y Lynn Segal, que concluyó que una terapia perfectamente podía durar 10 sesiones y generar cambios duraderos en las personas. A continuación, se denominó a la terapia del MRI con el nombre alternativo de Terapia Breve Estratégica , con el que se le conoce hasta el día de hoy (Weakland, Fisch, Watzlawick & Bodin, 1974).

En la búsqueda de intervenciones eficientes y efectivas, suprimieron de las conversaciones terapéuticas la exploración de las causas o características intrapsíquicas que pudieran estar explicando el comportamiento de los clientes. Lo pasado y lo profundo dejaron de interesar a los terapeutas estratégicos, despertando el rechazo de los terapeutas psicodinámicos pero, al mismo tiempo, las alabanzas de otros científicos sociales que aplaudían el hecho de que por fin una escuela terapéutica se hacía cargo de la complejidad del comportamiento humano.

Otra cualidad del MRI, de gran trascendencia para la evolución de las terapias sistémicas posteriores, fue la asunción temprana de una forma de pensamiento constructivista, inspirada en los postulados de Bateson, por un lado, y posteriormente en la Biología del Conocimiento desarrollada por los científicos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela, por el otro.

Los enfoques constructivistas consideran que es el propio individuo quien construye un sistema que le permite comprender su mundo y sus experiencias. De ese modo, las personas son participantes activos y no receptores pasivos de un mundo externo que imprime sus huellas en su mente, como la tabla rasa conductista. Amparados en las formulaciones que desde la biología desarrollaron Maturana y Varela, consideran que la estructura de nuestro sistema nervioso impide que alguna vez podamos conocer lo que de “verdad” está allá afuera. En este enfoque asumimos que no existe una realidad única o universal, sino distintas maneras de entender los fenómenos psicológicos y sociales. Lo que interesa, por lo tanto, no es nuestra capacidad de captar al mundo tal cual es (lo que se ha denominado “objetividad”), sino que nuestras percepciones encajen lo suficiente como para asegurar nuestra viabilidad en el mundo.

El MRI se convirtió en una escuela que recibía a terapeutas de todo el mundo interesados en conocer sus propuestas. De ese modo, influyó fuertemente en la generación de otros modelos como la Terapia Breve Centrada en la Solución, de la que a continuación hablaré.

 

La Terapia Breve Centrada en la Solución

Steve de Shazer e Insoo Kim Berg, fundadores de la Terapia Breve Centrada en la Solución (TBCS) en Milwaukee, 1978, se conocieron en el MRI mientras eran tutoriados por John Weakland, quien los introdujo en los pensamientos de Bateson y Erickson. De ese modo, la TEB y la TBCS compartieron muchos postulados, como la posibilidad de intervenir sistémicamente con individuos y no solo con familias, o la búsqueda de una terapia breve y parsimoniosa (la TBCS demuestra que se pueden generar cambios significativos y permanentes con tan solo siete sesiones), sin embargo, difieren en los roles de terapeuta y cliente para el desarrollo de la terapia y eluden el constructivismo asumido por el MRI, acercándose a posturas construccionistas sociales o socioconstruccionistas (de Shazer et al., 1986).

En relación al rol del terapeuta y cliente/s, plantean que la función principal del primero es desarrollar con los segundos conversaciones en las que, por un lado, demuestre interés y actitud por conocer la postura del cliente respecto a su problema, y por otro, proponer temas que permitan el desarrollo de nuevas posibilidades de acción a partir de los propios recursos del cliente. De ese modo, las quejas que presentan los clientes no son vistas como síntomas de conflictos profundos e inconscientes que solo pueden ser entendidos por un terapeuta entrenado, experto en la vida del cliente y con su cabeza llena de teorías psicológicas que le permiten llevar a cabo esa comprensión. Por el contrario, el terapeuta respeta las comprensiones y posturas de los clientes respecto a su queja y no va más allá de lo que el cliente es capaz de transmitir, y si tiene dudas o genera hipótesis que vayan más allá de lo que el cliente nos está contando, entonces simplemente pregunta o plantea sus dudas como tema de conversación. Es una actitud de auténtica curiosidad y que algunos terapeutas llaman también “ignorancia”, aunque esta palabra lleva al claro equívoco de pensar que el terapeuta no sabe nada de nada, cuando sí posee conocimientos que pueden ayudar al cliente a encontrar respuestas a sus dilemas. Los terapeutas sistémicos somos expertos en plantear buenas preguntas que permiten movilizar al cliente hacia el cambio. De ese modo, la actitud de auténtica curiosidad consiste en plantearse desde una posición de no-saber respecto a la vida del cliente, con el fin de generar una conversación más rica, no de escuchar las respuestas esperadas.

La postura socioconstruccionista asumida por la TBCS y posteriormente por la Terapia Narrativa requiere un tratamiento aparte. El socioconstruccionismo es un movimiento que surge a fines de los años setenta despertando de inmediato oposición, rechazo y deslegitimación por parte de la psicología tradicional, emparentada con una tradición neopositivista y empirista que se reflejaba en ese entonces en las orientaciones cognitivas y conductuales dentro de la disciplina. Este movimiento implicaba, al igual que el constructivismo que la antecedía, un quiebre radical con esa epistemología dominante, que asumía, entre otras posturas, la separación sujeto-objeto y una actitud presuntamente neutral ante el objeto observado. Una de las características más notorias del construccionismo social es su postura crítica, su continuo cuestionamiento de aquello considerado como obvio, correcto, natural o evidente. Para Ibáñez (2003), estos enfoques planteaban un doble cuestionamiento sobre la psicología tradicional: uno «epistemológico», focalizado sobre la acrítica asunción de los postulados positivistas y neopositivistas por parte de la disciplina, y otro «político», dirigido a la nula implicación social y escasa utilidad práctica de las aportaciones realizadas por la investigación psicosociológica.

Para Iñiguez (2003, 2007), algunos de los principios que definen a este movimiento son: a) antiesencialismo (las personas y el mundo social somos el resultado, el producto, de procesos sociales específicos); b) relativismo (la “realidad” no existe con independencia del conocimiento que producimos sobre ella o con independencia de cualquier descripción que hagamos de ella); c) el cuestionamiento de las verdades generalmente aceptadas (el continuo cuestionamiento de la “verdad”, poniendo en duda sistemáticamente el modo como hemos aprendido a mirar el mundo y a mirarnos a nosotros mismos); y d) determinación cultural e histórica del conocimiento, y el papel conferido al lenguaje en la construcción social (la realidad se construye socialmente y los instrumentos con los que se construye son discursivos).

Así, tanto el constructivismo como el construccionismo social, a pesar de sus diferencias de origen, comparten el paraguas común de una epistemología que cuestiona la idea tradicional de conocimiento y de realidad. Siendo más preciso, cuestionan el concepto de “verdad objetiva” y de “realidad externa”, al asumir que esta es más bien construida, ya sea por características del propio individuo, como su sistema biológico, o por la capacidad de coordinarnos en el lenguaje para construir socialmente aquello que denominamos “verdad” o “realidad”. La consecuencia de esta postura es el planteamiento de que el comportamiento humano no está mediado sino determinado por dicho proceso de construcción. Esto explica que ambas posturas lleguen a una misma conclusión epistemológica. Así, ni a las terapias inspiradas en el constructivismo ni en el construccionismo social interesa lo “real”, sino que se centran en las construcciones que el propio cliente, o este junto a su redes sociales significativas, ha elaborado para organizar su experiencia y su mundo y que en ocasiones constituyen camisas de fuerza que impiden el cambio o el crecimiento. Estos factores comunes han generado confusión acerca de los que en terapia es “constructivista” y lo que es “construccionista”, de modo que autores como Munné las denomina en conjunto como enfoques “construccionales” y Tarragona como terapias “constructivas” . La búsqueda de una denominación consensuada para estos enfoques, a pesar de que resulta necesaria frente a todos los elementos que los unen, aún continúa.

Siguiendo la historia, la TBCS, al asumir una posición construccionista social, asigna al lenguaje la función de vehículo principal para compartir y consensuar significados con las demás personas respecto al mundo que nos rodea. De ese modo, el lenguaje se convierte en el eje de este modelo, ya no desde una función pasiva centrada en la trasmisión de información, sino activa, centrada en el poder del lenguaje para crear un mundo y como sostén de las interacciones sociales que posibilitan dicha construcción. Sin embargo, la segunda característica del construccionismo social, el cuestionamiento al poder, no lo desarrolla a los niveles que alcanza posteriormente la Terapia Narrativa, de la que hablaré a continuación.

 

Terapia Narrativa

A través de la combinación de la experiencia de David Epston en antropología y su uso de métodos narrativos para relacionarse con sus clientes, con el interés de Michael White en métodos interpretativos inspirados por Gregory Bateson, ambos formularon lo que hoy se conoce como Terapia Narrativa (TN) . Epston desarrolló su trabajo en Nueva Zelanda y White en Australia, lejos de los grandes centros que construyen y divulgan el conocimiento “oficial” en psicología y psicoterapia. No es de extrañar que la TN haya surgido en dos países que, tras mucho tiempo de opresión de sus culturas indígenas, por fin se habían comprometido a realizar esfuerzos reales de restitución, reparación e integración. White y Epston se conocieron el año 1980, presentados por un amigo común durante una conferencia en Adelaida, Australia; desde entonces iniciaron una fructífera cooperación que se mantuvo hasta el año 2008, cuando White fallece en California, Estados Unidos.

Como decíamos, el construccionismo social es una teoría que advierte sobre los posibles efectos de los discursos sociales totalizantes que constriñen o limitan a las personas en la construcción de su mundo. De ese modo, no solo cuestionan la posibilidad de acceder a un conocimiento verdadero, sino también al poder que impone ciertas formas de ver el mundo en una determinada cultura y momento histórico. La TN se hace cargo de esa arista cuestionando el poder ejercido por la cultura en la que estamos insertos, inspirándose en la teoría postestructuralista francesa, en particular la posición de Foucault sobre las verdades construidas y la inseparabilidad de poder y conocimiento, y en la invitación de Jacques Derrida a desenmascarar discursivamente realidades y prácticas que se dan por descontadas y que ocultan prejuicios. Cheryl, la esposa de Michael, también influyó en el interés de la TN por la teoría feminista y el análisis de un poder fundamentado en el patriarcado. De ese modo introducen en el proceso de terapia un cuestionamiento conjunto con sus clientes de las “verdades oficiales”, supuestamente incuestionables, que enmarcaban y restringían el comportamiento de sus consultantes. Por ejemplo, deconstruían con sus clientes aquellos discursos que sostenían un rol pasivo de la mujer en relación a la violencia de género, o sobre la presencia de discursos que psicopatologizaban comportamientos como forma de control social.

Otra contribución importante de la TN en el desarrollo de una terapia sistémica más comprehensiva y menos limitante, es la recuperación del rol de la historia en la conversación terapéutica. Desde un centramiento en el presente, como el del MRI, y en el futuro, como la de la TBCS, los terapeutas narrativos recuperan el pasado como parte de los temas de conversación en terapia, pero no la historia tal como ocurrió sino como es contada por el cliente, en este caso, junto el terapeuta. Hay que comprender que el pasado se construye y reconstruye en la medida que se comparte con los demás, y por lo tanto, nosotros como terapeutas jamás conoceremos el pasado “real” de nuestros clientes sino más bien el relato de su pasado, un relato contado desde el presente y que se puede modificar.

La introducción de la voz del cliente en la psicoterapia, desde una postura descentrada por parte del terapeuta, que respeta la capacidad del propio cliente para enfrentar su problema, apoyado por la capacidad del terapeuta de formular preguntas apropiadas que posibiliten nuevas formas de verse a sí mismo y al mundo, emparenta a la TN con la TBCS. Pero luego va más allá, tal como lo reconoce Bill O´Hanlon (2001), cuando relata su encuentro con David Epston en los Estados Unidos, sorprendido por los cambios profundos en la narrativa de su propia identidad y del mundo que lo rodea, observados en una joven debilitada por la anorexia.

 

Terapia Sistémica Breve

Estas tres escuelas de psicoterapia, si bien cuentan con características distintivas, tienen muchos elementos en común que les permiten integrarse cómodamente en procesos psicoterapéuticos reales. De ese modo, se hizo necesario encontrar una denominación común que permitiera dar cuenta de esas semejanzas. Esta necesidad ha supuesto un esfuerzo que solo en el último tiempo ha despertado un mayor consenso.

Podríamos atribuir al psicólogo español Mark Beyebach (1993) la divulgación del nombre “Terapia Sistémica Breve” (TSB) para referirse a la integración de estos tres modelos, aunque quizás el primero en utilizar dicha expresión en idioma español fue Pérez Grande (1991), refiriéndose principalmente a la TBCS. La Escuela de Salamanca, vigente hasta hoy, ha integrado también dentro de la TSB los aportes de la psicología positiva y de la investigación sobre factores comunes en psicoterapia (Beyebach, 2009; Beyebach & Herrero, 2010; Selekman & Beyebach 2013).

El nombre de TSB es afortunado, pues reconoce por un lado la herencia de la epistemología sistémica-cibernética batesoniana como origen y fundamento de estas escuelas y, por otro lado, se enfatiza su opción ericksoniana de promover intervenciones breves y eficaces por medio de la movilización de los recursos de los clientes para alcanzar sus objetivos en el menor tiempo posible. Por esta razón, ha sido el nombre que hemos recogido para titular el presente libro.

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